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La nueva museografía del Nacional de Antropología (I): aspectos jurídicos
1.- La museografía como realidad extrajurídica.
La museografía es una huérfana jurídica. No tiene ninguna genealogía. Aparece sin ningún procedimiento, sin la aplicación de norma alguna. “El museo”, ni siquiera está regulado qué órgano la establece, la aplica sin más. De repente un cuadro deja de estar en un sitio para pasar a otro con una nueva cartela. Sin ninguna formalización frente a terceros, no hace falta ningún tipo de documento ni de motivación. Nada obliga ni siquiera a que conste por escrito: una llamada telefónica, una conversación, y la obra puede presentarse, por ejemplo con una nueva cartela, de forma válida. Y ya está, jurídicamente es como si este proceso no hubiera existido. La museografía es ajena al Derecho. No surge de ninguna norma que diga cómo debe ser, no hay establecidas condiciones para su definición y aplicación y, por tanto, tampoco es recurrible.
Es completamente lógico que sea así.
El Derecho impone procedimientos cuando algo está en juego, normalmente derechos o intereses legítimos de los ciudadanos. Cuando se va a obligar a alguien a hacer algo o no se le va a permitir tal cosa, es normal que la Administración tenga que llevar el asunto de forma ordenada y con todas las garantías. Por eso hay una norma que contempla el asunto, un procedimiento para decidir, y unos recursos contra lo decidido. Pero, en principio, decidir si sacamos del almacén este cuadro o este otro y lo ponemos en la pared norte o en la pared sur con tal o cual cartela no afecta a los derechos o de nadie. El Decreto que crea el museo dice que éste debe mostrar su colección y ya está. La museografía es una actuación material -completamente libre- que hace eso.
Hasta ahora no había problema porque las museografías eran simplemente museografías. Es decir, pretendían, efectivamente, mostrar las piezas de las que dispone el museo de acuerdo con criterios profesionales. No había entonces ningún motivo para establecer procedimiento y recursos. Pero en los casos de las nuevas museografías del Arqueológico Nacional o de América nadie dirá que se trata simplemente de “exponer de forma ordenada sus colecciones”, en feliz expresión del Decreto que regula el segundo.
En la museografía tradicional, la cartela de una pieza dice que tal cuadro es un óleo sobre lienzo pintado por tal autor en tal época. Pero en las nuevas museografías propuestas la cartela informará de que pieza es un ejemplo de la dominación colonial española o del apoyo de la Iglesia a esta dominación. Y esto no son inocentes y asépticos mensajes técnicos.
Porque estas nuevas museografías tienen un indudable componente político. No quieren enseñar objetos, sino transmitir mensajes. Por eso han sido ordenadas directamente por el responsable político, por el ministro. Para que la museografía traslade determinadas ideas a la forma de presentar la exposición permanente del museo.
Y claro, la cosa cambia. Esto ya no es decidir si pongo un cuadro en la pared norte o en la pared sur. Esto ya es estudiar si el ataque a la Iglesia católica es más efectivo en la planta primera, en la segunda, con esta imagen o con esta otra, y con tal o cual redacción de la cartela. La museografía significa ahora establecer qué tipo de audiovisual debemos poner para reforzar la apología de las doctrinas marxistas.
Una agrupación de partidos a la izquierda del PSOE, Sumar, ocupó el Ministerio de Cultura desde finales 2023. Fue una de las condiciones del pacto con los socialistas para que éstos pudieran formar Gobierno. En las elecciones Sumar obtuvo el 12 por ciento de los votos. Cuando esto se escribe, principios de 2026, la formación está al borde de ser extinguida para ser sustituida por otra nueva. En las elecciones autonómicas de ese año no obtiene ningún escaño en varios comicios.
Aun así, Sumar intenta imponer su ideología en las nuevas museografías. En el caso del Museo de América, se detalló la bibliografía en la que se apoyaba la propuesta. Pues bien: resulta que nadie que no fuera como mínimo marxista tenía nada que decir. No se tiene en cuenta no ya a “la derecha”, es que no se considera ni a autores socialistas. Es que ni siquiera son relevantes las opiniones… ¡de los autores de la época de la cual se está haciendo la museografía! Lo que un Bartolomé de las Casas escribiera da igual. Lo importante es lo que un marxista opina de los textos de Bartolomé de las Casas.
Esto es todo lo humanamente comprensible que se quiera, sí. Si se encarga la museografía a unos jesuitas pues lo lógico es que hagan “su” relato. Para eso son jesuitas, claro. Lo mismo sucedería si se encomienda a militares o a economistas. Sumar no hace nada distinto de lo que haría cualquier colectivo que cree en algo: tratar de aplicarlo.
El verdadero problema es la ausencia total de regulación de la introducción de una nueva museografía, cosa muy lógica si es una actuación profesional como antaño, pero no tanto si es una actuación política como sucede ahora. La ausencia de regulación significa que el campo es llano y despejado. Se puede hacer lo que se quiera y como se quiera. Todo es legal y admisible. Nadie encontrará un solo precepto que impida al director del museo poner una foto hecha por inteligencia artificial diciendo que la Iglesia fue una salvaje, que lo fueron los sioux, o que todos fueron maravillosos. Da igual. La libertad es total, no hay ningún límite.
El problema es importante. Museos medianos se van fácilmente a unos 100.000 visitantes al año, muchos de los cuales son escolares. Una museografía puede durar años, décadas. Y al final resulta que se transmitido el mensaje a millones de personas. Un mensaje que es muy difícil contradecir. Una idea expresada en un libro puede ser criticada por otro libro. Pero quien no está de acuerdo con lo que se dice en un museo no puede construir otro museo.
Nunca se han regulado ni el procedimiento de elaboración de las museografías, ni su contenido, ni cómo recurrirlas porque, como hemos señalado, se consideraban simples actuaciones materiales que no podían infringir norma alguna. Pero desde luego las nuevas museografías agresivas que buscan imponer conceptos claro que desde luego pueden infringir el ordenamiento jurídico. Vamos con el caso del Nacional de Antropología.
2.- La participación como elemento clave.
2.1 Marco general.
Es palmario que en el proceso de elaboración de las nuevas museografías de los Museos de América y de Antropología ha habido una total ausencia de participación. Ha faltado la participación “de verdad”, por decirlo así. Es decir, no se ha presentado formalmente un proyecto a la sociedad ante el cual, dentro de un plazo determinado, se pudieran hacer alegaciones. Que alguien pudiera pedir en micrófono en una conferencia sobre el tema es muy loable. Pero eso no es poder opinar sobre un proyecto concreto que organiza íntegramente la exposición permanente de un museo, que es de lo que se trata.
La idea de participación y sus asociadas -diálogo, inclusión, etcétera- son esenciales en la propia idea de museo. Forman parte de su propia esencia. Es difícil encontrar un texto -si es que existe- que hable de estas instituciones sin referirse a los conceptos citados. La propia definición de museo del ICOM dice que éste es “una institución sin ánimo de lucro, permanente y al servicio de la sociedad, que investiga, colecciona, conserva, interpreta y exhibe el patrimonio material e inmaterial. Abiertos al público, accesibles e inclusivos, los museos fomentan la diversidad y la sostenibilidad. Con la participación de las comunidades, los museos operan y comunican ética y profesionalmente, ofreciendo experiencias variadas para la educación, el disfrute, la reflexión y el intercambio de conocimientos.”
Se podrían encontrar decenas, cientos de textos, hablando del papel esencial de la participación en los museos y en la cultura.
De hecho, toda la renovación museográfica viene del Plan de Derechos Culturales 2025-2030 que habla en su punto 60 de la actualización de la museografía del Museo de América y del Museo Nacional de Antropología. Y dice: “Esta cuestión requiere de un acercamiento simbólico y real, y de espacios de pensamiento multidisciplinares que fomenten la investigación, el intercambio de saberes y el diálogo, con especial atención a la participación de aquellas comunidades afectadas por las políticas coloniales”. Por tanto, “Se revisarán desde una perspectiva crítica y participativa las narrativas coloniales de colecciones, exposiciones y relatos institucionales”. Bueno, pues en la nueva museografía ni intercambio de saberes, ni diálogo, ni participación de las comunidades afectadas, ni tampoco de las no afectadas. La museografía se ha hecho sin escuchar.
Entre incontables normas, puede seleccionarse a efectos de recurso una particularmente expresiva. Se trata del Convenio marco del Consejo de Europa sobre el valor del patrimonio cultural para la sociedad, hecho en Faro el 25 de octubre de 2005. Fue ratificado por España el 14 de junio de 2022 (Boletín Oficial del Estado 17 de junio del mismo año) por lo que es de obligatorio cumplimiento en nuestro país. Pues bien, el artículo 12 de este Convenio es rotundo. “Las Partes se comprometen a:
a) Impulsar la participación de todos:
– En el proceso de determinación, estudio, interpretación, protección, conservación y presentación del patrimonio cultural;
– en el proceso de reflexión y debate públicos sobre las oportunidades y los retos que el patrimonio cultural representa.
b) tomar en consideración el valor que cada comunidad patrimonial atribuye al patrimonio cultural con el que se identifica”.
Parece indudable que estos criterios son totalmente aplicables a las nuevas propuestas museográficas como las que han puesto en marcha los Museos Nacional de Antropología y de América. De aquí se seguiría que es deber de estas instituciones, por tanto, abrir una fase participativa reconocible como tal. El tenor literal del Convenio, obligatorio en España, exige “impulsar la participación de todos” en el proceso de “presentación del patrimonio cultural” y “en el proceso de reflexión y debate públicos sobre las oportunidades y los retos que el patrimonio cultural representa”. También se debe “tomar en consideración el valor que cada comunidad patrimonial atribuye al patrimonio cultural con el que se identifica”, cosa que no ha hecho el Museo Nacional de Antropología (ni el de América).
2.2 La lógica del sistema.
El papel central de la participación no deriva de la retórica, de que quede muy bien esgrimir esta idea. La participación es esencial porque la cultura es frecuentemente algo endogámico y pasional. Por eso es clave abrir las ventanas para permitir la entrada de nuevos aires.
La cultura está muy cerca de la identidad colectiva y por tanto de la política. Un grupo tiene una identidad porque, entre otras cosas, tiene una cultura. Muy frecuentemente un hacha o unas palabras en una vasija no son solo eso, un hacha o unas palabras en una vasija. Son elementos que habilitan el salto al “somos” colectivo que “merece”… Los estudios no tienen base científica, evitan cualquier influencia exterior, y se convierten en panegíricos de lo singular, por nimio que sea.
En el otro extremo, en el individual, el exceso de vocación puede constituir un verdadero problema. Una persona que lleva años en un museo y llega a la dirección puede estar tan apasionado con el mensaje que quiere transmitir que no tiene oídos ni para nada ni para nadie. Este efecto no se diluye con los grupos de trabajo. Por regla general -lo que es humanamente comprensible- se constituyen con afines. Y pueden terminar siendo coros, más que instrumentos de generación de ideas.
La participación siempre es conveniente, pero en el caso de la cultura es un elemento central. Es algo fundamental para contrarrestar la tendencia pasional que pueden tener los aspectos culturales. Y apuntemos una peculiaridad más.
En el actual sistema español la participación de los ciudadanos en la elaboración de las disposiciones generales se base en que el organismo público anuncia la elaboración de una nueva norma o publica la propuesta y cualquier persona puede presentar sus opiniones. Pero esas opiniones no se difunden. Si se va a hacer un nuevo reglamento de eficiencia energética de los edificios se pueden hacer observaciones al proyecto, pero no saber lo que han dicho los demás.
Si algún día se regulara la participación en la elaboración de la nueva museografía sería interesante que sí se pudieran conocer las diferentes opiniones. Esto obviamente sería enriquecedor. En los casos de América y Antropología tenemos museografías que en varios puntos no tienen absolutamente ninguna motivación, como después ejemplificaremos. Es una nueva museografía que no tiene otro criterio que la voluntad política de un equipo directivo.
No parece necesario insistir mucho en que, frente a esto, sería mucho mejor una museografía fundamentada y contrastada con las opiniones de la Real Academia de la Historia, universidades, asociaciones y, en general, los criterios de todos los interesados en el tema. Opiniones que se publicarían en una única web -eventualmente con un foro de debate- de forma tal que fuera sencillo localizarlas. Esto sería haber un debate enriquecedor sobre la museografía.
Creemos por tanto que la participación en la elaboración de nuevas museografías debería abordarse dando un paso más allá de lo establecido actualmente. La norma que estableciera un procedimiento de elaboración de esos documentos debería establecer no solo la posibilidad de participación, sino la publicidad de la misma, en el sentido de que todos los interesados deberían poder conocer el contenido de todas las observaciones presentadas.
3.- Otras infracciones del ordenamiento jurídico.
La nueva museografía del Nacional de Antropología ha sido ya sacada a licitación. Apareció en el Boletín Oficial del Estado de 28 de enero de 2026: “Contrato mixto de Servicios y Suministro del diseño y ejecución del suministro de fabricación e instalación de la exposición permanente del Museo Nacional de Antropología. Expediente: 25/227 SU.”
La licitación de este contrato ha puesto de manifiesto importantes precisiones en la aplicación de la nueva museografía que, en nuestra opinión, pueden ser contrarios al ordenamiento jurídico.
– Infracción del principio de neutralidad religiosa. El pliego de condiciones técnicas de contratación (anexo I programa museográfico, UTE 1.2.4, página 5) se pregunta: “La evangelización: ¿instrumento de dominación?”. Y se responde: “Representaciones, objetos y documentos que muestran cómo la evangelización actuó como instrumento de expansión colonial. Panel con pinturas y vitrina”. Pregunta y respuesta no son desde luego teóricas. Significa que en la exposición permanente del Museo Nacional de Antropología tiene que haber un módulo que presenta la evangelización como instrumento de dominación. Y el contratista tiene que construir físicamente ese módulo. Es decir, quien gane el contrato tiene que buscar elementos que muestren que sí, que la evangelización fue un instrumento para dominar el nuevo continente.
Lo cual puede ser, y en el caso del Museo Nacional de Antropología creo que es, contrario al principio de neutralidad religiosa. Acudamos a la frialdad de la inteligencia artificial para comentarlo.
Chat GPT nos dice que el hecho de que un museo público presente una exposición con una visión crítica de la evangelización no implica que esté atacando a la Iglesia católica ni vulnerando la neutralidad religiosa. La neutralidad del Estado (art. 16 CE) implica no favorecer ni discriminar ninguna confesión religiosa, no evitar toda referencia histórica o crítica. Sí podría cuestionarse la neutralidad si:
– Se hiciera burla, juicio doctrinal o condena explícita de una religión actual.
– Se atribuyeran intenciones absolutas y actuales a instituciones religiosas.
– Se ocultaran otros enfoques históricos o se impusiera una visión ideológica única.
Y claro, es cierto que muchos antropólogos han estudiado la evangelización como parte del proceso de control colonial. Pero no es la única línea de análisis existente. Existen también enfoques que analizan:
– procesos de mestizaje cultural y sincretismo religioso,
– agencia de los pueblos indígenas en la asimilación, resignificación o resistencia a lo cristiano,
– y también la acción de misioneros que actuaron en defensa de las poblaciones nativas.
Si el discurso expositivo omite sistemáticamente estos otros enfoques, podríamos decir que la exposición incurre en una visión reduccionista, más ideológica que académicamente plural.
Hasta aquí la opinión de la inteligencia artificial, que parece bastante razonable. Los museos tienen la función de interpretar fenómenos históricos, incluso los más complejos o conflictivos, pero desde distintas perspectivas. Si solamente se adopta un planteamiento cuando hay varios posibles, entonces no se busca el debate y la verdad, sino la imposición partidista.
Es de suponer que no hace falta profundizar en el hecho, obvio, de que la evangelización es materia susceptible de diversos enfoques. Por ejemplo, no está de más recordar que la sustitución de unas deidades por otras tuvo como consecuencia que se dejara de extraer el corazón a niños vivos, por citar lo más obvio y espectacular. Pero hay otros muchos aspectos en los que la evangelización tuvo aspectos positivos. El mundo debe el concepto de derechos humanos, por citar otro caso, a la labor evangelizadora española. Hay muchos relatos posibles, como muestra incluso el cine: es el caso de la conocida película “La Misión”.
Lo obvio: un proceso de 400 años llevado a cabo en cientos de miles de kilómetros cuadrados por decenas o cientos de miles de personas tiene inevitablemente muchas facetas. Desconocer esto para imponer solamente una lectura -que es la derivada de la ideología el partido que rige el Ministerio de Cultura- es contrario al principio de neutralidad ideológica.
Y hay algo que destaca sobremanera en el criterio de desprestigiar a la Iglesia católica. Carece de toda argumentación o de referencia a fuente documental alguna. Es un elemento totalmente gratuito, basado en el simple criterio de los autores de la propuesta museográfica a saber por qué razones. El documento no explica por qué la Iglesia se supone que fue un instrumento de dominación ni cita libro alguno en el que se sustente tal tesis. Se dice que es así y basta. Es una decisión voluntarista y política, por no decir simplemente arbitraria, que se toma sin motivación alguna.
– Aspectos técnicos contractuales. Para licitar un contrato de servicios hay que acreditar, lógicamente, la insuficiencia de medios propios para llevar a cabo la tarea objeto del propio contrato. No tiene sentido acudir a terceros cuando es posible que la tarea la haga la propia Administración.
Resulta francamente sorprendente que diseñe la museografía una empresa cuando el Ministerio de Cultura cuenta con cientos de Conservadores de Museos, una parte de los cuales están destinados en el Museo Nacional de Antropología. Entonces, ¿por qué no tiene “medios”?
Porque quien licita el concurso no es el Ministerio de Cultura, sino la Gerencia de Infraestructuras y Equipamientos de Cultura que, claro, no tiene personal especializado en la materia. Porque la Gerencia se creó para hacer obras, y por eso, porque se creó para hacer obras, no tiene personal especializado en museografía. Ni tampoco tiene sentido que la contrate.
El fraude de Ley es evidente.
El Ministerio de Cultura se comporta como esos grupos empresariales que son lo mismo pero que, en función de su conveniencia, hacen la factura con una empresa o con otra. La museografía, obviamente, se hace para un museo dependiente del Ministerio de Cultura, pero no contrata el Ministerio de Cultura como tal sino que utiliza una filial -por decirlo así- para hacerlo. Y de este modo se salta materialmente el requisito de insuficiencia de medios. A pesar de tener cientos de Conservadores en plantilla, resulta que el trabajo tiene que hacerlo una empresa. Y se logra utilizando el burdo formalismo de utilizar a la Gerencia para contratar museografías.
Para mí estamos ante una cierta desconsideración hacia el Cuerpo Facultativo de Conservadores de Museos. Y, naturalmente, también es una falta de respeto para el ciudadano, cuyos recursos no se gestionan con la debida diligencia.
4.- Otras consideraciones.
Las posibles infracciones del ordenamiento jurídico en las que puede incurrir la nueva museografía del Nacional de Antropología no constituyen, naturalmente, un listado cerrado de motivos de impugnación. Una museografía puede ser jurídicamente discutible por otras muchas razones. Por ejemplo, una carátula describiendo el comportamiento de una persona puede implicar un conflicto en materia del derecho al honor, por mucho que predomine un interés histórico, científico o cultural relevante.
También hay que tener en cuenta que sí pueden existir en algunos casos vías a través de las cuales se puede impugnar la museografía. El caso citado del derecho al honor puede ser un buen ejemplo, ya que su defensa puede hacerse por procedimientos específicos. Si la museografía sale a licitación, pueden emprenderse las acciones previstas en materia de contratación pública. Acciones muy limitadas en este caso ya que, entre otras cosas, solo pueden emprenderlas los interesados.
Pero las acciones puntuales en aspectos impugnable concretos, claro está, no son suficientes. Lo que aquí se plantea no es una cuestión menor ni meramente técnica, sino un problema de alcance institucional: la ausencia de cualquier cauce jurídico que permita someter a contraste, debate y control una actuación que, bajo la apariencia de mera museografía, está llamada a proyectar durante años un determinado relato cultural a cientos de miles de ciudadanos. Cuando la museografía deja de ser una actuación neutra para convertirse en un instrumento de instauración de conceptos e incluso de orientación ideológica, ya no puede permanecer al margen del Derecho. Resulta imprescindible, por tanto, establecer mecanismos que garanticen la participación efectiva, la pluralidad de enfoques y la posibilidad de revisión, evitando que decisiones de tan amplio impacto queden al albur exclusivo de la voluntad coyuntural de los responsables políticos. Solo así podrá asegurarse que los museos públicos cumplan verdaderamente su función de servicio a la sociedad y no se transformen en vehículos de imposición de un discurso único.
Polémica en el British Museum por la inteligencia artificial
El 27 de enero de 2026 el British Museum publicaba un aparentemente inofensivo post en Facebook y en Instagram. Una joven de perfil contempla diversas exposiciones del museo. El pie de foto decía: «Tomarse el tiempo para mirar más de cerca siempre merece la pena», con el hashtag #YourMuseum. La joven viste atuendos de distintas culturas, coherentes con lo que está observando.

Hasta aquí todo aparentemente normal. Pero las protestas fueron inmediatas. A las seis horas el Museo tuvo que retirar el post. La razón es que las imágenes habían sido hechas con inteligencia artificial.
¿Y por qué es inaceptable para algunos el uso de la inteligencia artificial?
Una de las principales críticas del anuncio ha sido Steph Black, arqueóloga y estudiante de doctorado en la Universidad de Durham, 200.000 seguidores en Instagram, 345.000 en Facebook. Su rechazo, con miles de “Me gusta” lo explica de esto modo: “Y sí, es así de grave cuando una de las instituciones culturales más importantes del país publica basura generada por IA en lugar de invitar a personas reales, vivas, de esas comunidades, a vestir su ropa tradicional en las galerías”.
Y añade Steph Black: «Creo que están tanteando el terreno para ver cuán dispuesto está el público a aceptar imágenes de IA para luego despedir o no contratar a creativos y profesionales», añadió en un correo electrónico. «Creo que es un ahorro de costes.»
Por su parte, el Museo Británico declaró que comparte contenido creado por usuarios que utilizan la inteligencia artificial. Y está preparando un protocolo sobre la utilización de esta nueva tecnología.
Como prácticamente siempre, el tema no es nada sencillo. En este mismo caso es muy fácil decir que se utilicen personas reales, pero lo que no es tan nimio es hacerlo. Hay que cerrar las salas del museo para el rodaje, fabricar los vestidos, contratar modelos y maquillaje, contratar cámaras profesionales y montar y editar el producto. Y algo que se puede hacer con un coste cero pasa a significar decenas de miles de libras. Decenas de miles de libras con las que probablemente puede contar el British Museum, pero que desde luego no tiene el Museo Sefardí si quiere por ejemplo recrear en un video con personajes reales una fiesta judía para explicar la parte de su colección que se refiere a ella.
No es tan simple por tanto como dejar de utilizar la inteligencia artificial porque puede destruir puestos de trabajo. El triunfo de estos planteamientos en el British Museum no parece que vaya a ser definitivo ni muchísimo menos. Es un episodio en un proceso que promete ser largo hasta que se llegue a un modelo estable o por lo menos relativamente estable. Los museos no pueden actuar como si la inteligencia artificial no existiera. No pueden renunciar a un instrumento potentísimo para cumplir sus funciones esenciales, una de las cuales es la difusión de las colecciones. Aunque deben hacerlo, claro está, sin arrasar con las situaciones humanas y profesionales existentes.
Hasta ahora las declaraciones internacionales que abordan el tema en museos introducen declaraciones generales y recomiendan crear grupos de trabajo. La huelga de los guionistas de Hollywood motivada por el uso de la inteligencia artificial en su actividad, mostró que pueden existir puntos de equilibrio. Caso a caso, es de esperar que con el tiempo se lleguen a esos necesarios protocolos que definan en los museos los espacios de encuentro entre el uso de la inteligencia artificial y el trabajo humano.
El Louvre busca director/a de Escultura
Se suponía que Sophie Jugie, directora de Escultura del Louvre, iba a ser renovada hasta su jubilación, prevista para dentro de dos años. Pero, para sorpresa general, el 5 de enero se anunciaba que no, que Jugie no seguía en su puesto.
Eso a pesar de sus aparentemente excelentes cualidades. En un gesto absolutamente inhabitual, todos los trabajadores del departamento de Escultura firmaban el 7 de enero una carta de apoyo a su directora. Entre otras cosas afirman: “Sophie Jugie ha dirigido el departamento durante una docena de años para gran satisfacción de su equipo y socios, gracias a sus notables habilidades científicas y museográficas, así como a su extrema atención a las relaciones humanas y a los temas de gestión. No entendemos las razones que podrían haber motivado tal decisión, cuando a menudo ha señalado los resultados positivos del trabajo del departamento (uso del presupuesto, tasa de inventario, excelente mantenimiento de las salas, éxito de las exposiciones celebradas, diversidad de publicaciones, adquisiciones notables, restauraciones espectaculares, como el Arco del Carrusel o la puerta del Palacio Sganga, generosidad de préstamos, como en el caso de ‘gótico’)”.
Este hecho ha producido que el Museo del Louvre busque nuevo director/a de Escultura. A veces la clave de las cosas se encuentra en lugares insospechados. En la rutinaria y burocrática oferta de trabajo que publica su web, el Museo el Louvre nos da claves esenciales acerca de lo que está pasando.
¿Qué se espera que haga la nueva dirección?
“En línea con el proyecto Louvre Nouvelle Renaissance, los retos para el Departamento de Escultura se centran en la definición de una nueva estrategia para la presentación de las colecciones, que se centrará especialmente en:
– el rediseño del itinerario que tiene como objetivo ofrecer una lectura más transversal de las colecciones mediante la asociación de las distintas escuelas nacionales,
– una asociación de colecciones de escultura con las pertenecientes a otros departamentos para ofrecer una visión cruzada sobre la historia del arte y sobre temas específicos,
– el fortalecimiento de acciones de mediación de todo tipo para compartir mejor las colecciones del departamento con el público”.
Esto implica una revolución completa de la museografía del área de escultura.
El Louvre fue creado, en buena medida, para explicar qué es una nación. Ahora expresiones como “Francia” o “España” nos parecen perfectamente normales, pero en el siglo XVIII no era así. En el siglo XVIII todavía no se es “español” o “francés”. Hay un rey que es el que manda. Se obedece a una persona, no a un Estado. Los revolucionarios franceses de finales del siglo XVIII han terminado con eso, ya no hay rey, han instaurado una República. Pero tienen que explicar eso a gente para la que las nuevas ideas son totalmente desconocidas. Y para hacer entender que ahora hay una nación francesa organizada en un Estado que organiza la convivencia, surgen instituciones como el Louvre.
Por eso todavía hoy el criterio expositivo básico del Museo es el nacional. Las galerías muestran pintura francesa, italiana o española. La nación es el criterio fundamental que está detrás de la exposición. Solo cuando ha habido una reforma reciente el planteamiento cambia. Esto ha sucedido por ejemplo en el caso de la Galería de los Cinco Continentes, inaugurada en diciembre de 2025, que expone las piezas con criterios temáticos y transversales.
La nueva dirección de Escultura tiene que liderar un cambio histórico. Tiene que redefinir la museografía, rediseñando el itinerario y asociando las colecciones de escultura con las pertenecientes a otros departamentos. Debe ser capaz de implantar el proyecto Louvre Nuevo Renacimiento, un proyecto que no está definido a nivel práctico. Nadie sabe todavía qué tendrá a su lado en unos años las esculturas que ahora se muestran agrupadas por las naciones que las generaron. Esa definición es, precisamente, lo que se espera que contribuya a hacer quien lleve las riendas del departamento de Escultura.
No sorprende entonces que una de las actividades de la dirección -actividad nueva, claro está-, es la “Gestión estratégica del departamento”, que consiste en definir y gestionar el proyecto de departamento compartido, y liderar el trabajo colectivo del departamento y su cooperación con otros departamentos de conservación y departamentos transversales. Además de esto se espera que la dirección gestione las actividades tradicionales del departamento: conservación de la colección, difusión… Pero, significativamente, la primera actividad que abre el listado de las tareas de la nueva dirección es la gestión estratégica del departamento.
Probablemente por eso no sigue Sophie Jugie. Probablemente nadie como ella llevaría el inventario de obras, la política de préstamo y depósito, o la política de mantenimiento y restauración de la colección, por ejemplo. Pero es que ahora eso no es lo prioritario. Es importante, sí, claro, desde luego. Sin embargo, los tiempos no son los de una especialista en escultura pura. Son los tiempos de la estrategia, de nuevos enfoques.
Lo cual se plasma claramente la candidatura buscada por el Louvre. El perfil deseado de la nueva dirección, dice el Museo, es:
– Reconocida experiencia en el campo de la escultura, especialmente por las colecciones que posee el Museo del Louvre;
– Capacidad para elaborar una estrategia, gestionar proyectos y coordinar actividades;
– Capacidad para supervisar y liderar un equipo;
– Dominio de las normativas y procedimientos relativos a fondos y colecciones en el ámbito patrimonial (conservación, adquisiciones, etc.);
– Conocimiento del entorno administrativo, legal y financiero (normativas, procedimientos, contactos, etc.) del Museo del Louvre y del Ministerio de Cultura.
El perfil que se espera del futuro director/a de Escultura es así plenamente coherente con esa idea de planificación estratégica en el marco del proyecto Louvre Nuevo Renacimiento. La capacidad de diseñar el futuro es esencial. Pero el detalle nos dice algo importante: también cuenta la capacidad de implantar ese futuro. Se espera que la persona que lleve la dirección sepa… mucho Derecho y mucho sobre el “papeleo”, sobre procedimientos administrativos y gestión burocrática.
Estos requisitos no dejan de ser sorprendentes por su novedad. Normalmente se incide en otros aspectos. En nuestro Reina Sofía, por ejemplo, para cubrir el puesto de dirección, además de los tradicionales méritos en gestión artística y conocimiento del arte, se ha valorado la innovación, la digitalización, la sostenibilidad y la conexión con las agendas internacionales. Así, el perfil directivo esperado debía combinar la excelencia en la conservación y difusión del patrimonio artístico con habilidades para afrontar los desafíos contemporáneos (tecnológicos, sociales y medioambientales) en el ámbito museístico.
Frente a esto, en el Louvre constituye un mérito el expediente, el oficio o la certificación. Lo cual tiene más lógica de la que parece. La nueva dirección no hereda una colección de escultura que se va a quedar donde está y como está. Es una colección que hay que mover e integrar con otras colecciones. Y esto, en el ámbito público, se hace con su propio lenguaje, un lenguaje que hay que dominar. Lo público está plagado de condicionantes, de normas específicas que dicen cómo se hacen o no se hacen las cosas. Los temas nunca se resuelven solo con un teléfono y un correo, como puede pasar en el sector privado. Todo lleva un expediente, un contrato con reglas concretas de tramitación, o… Lo público tiene su propia liturgia. Y si tienes que reubicar una colección o coordinarte con otras instituciones y órganos públicos, es fundamental dominarla.
Cosa que, por cierto, muy frecuentemente se olvida entre nosotros. Los aspectos legales y administrativos suelen ser infravalorados, y eso cuando se tienen en cuenta. Sin embargo, como muestra el Louvre, son absolutamente esenciales para llevar a buen puerto las mejores iniciativas, que sin ellos pueden ser simplemente aire.
En definitiva, la reestructuración del Departamento de Escultura del Louvre ilustra de forma elocuente cómo el perfil profesional en el Museo se ha desplazado del especialista clásico hacia el estratega institucional. No basta con saber de arte: hay que saber transformar estructuras, coordinar con otros y moverse en la complejidad de lo público para definir una nueva museografía. La dirección de un museo ya no se mide solo por el conocimiento de una colección, sino por la capacidad de redefinirla, articularla y sostenerla administrativamente en un nuevo marco cultural y político.
¿Se quedará el nuevo perfil profesional dentro de una coyuntura, de la necesidad de implantar el proyecto Nuevo Renacimiento, o saldrá de los muros del Louvre espacial y temporalmente para definir un nuevo estándar en la dirección museística? Como tantas otras veces, solo el tiempo lo dirá.
Nueva museografía del Museo de América: una opinión
1.- Las fuentes.
El proyecto de renovación museográfica del Museo de América tiene la honestidad de detallar los autores se inspira. Las propuestas que se adoptan se apoyan en una bibliografía que se hace explícita en el propio documento. Fijémonos, a título de ejemplo, en cuatro autores cuyas obras tienen peso, y en algunos casos mucho, en la nueva museografía.
– Aníbal Quijano. Sociólogo marxista. Quijano se comprometió con diferentes frentes de lucha contra el gobierno militar. Cofundador del Movimiento Revolucionario Socialista. También cofundador de la revista «Sociedad y Política», de la que Quijano fue director desde el primer número (1972) hasta el último (1983). La revista se declaró marxista, socialista y revolucionaria, sin vinculación a un grupo político específico y abierta a la participación de toda la izquierda revolucionaria peruana. Parece que también dirigió la revista “Revolución Socialista”, en la que se publicaba artículos anónimos: es de imaginar lo que dirían cuando no se firmaban.
– Daiana Nascimento dos Santos. Miembro del Partido Comunista de Brasil. Llegó a afirmar con orgullo que, a ojos de sus detractores, es una “tríplice desgraça” (triple desgracia) “por ser preta, por ser comunista e por ser sapatão”, es decir, negra, comunista y lesbiana.
– Donna Haraway. Es conocida por el ensayo «Manifiesto para cíborg: ciencia, tecnología y feminismo socialista en los años 1980». Para que no hubiera dudas, lo publicó en “Socialist Review”, la revista del Partido Socialista de los Trabajadores de Gran Bretaña. Partido que por cierto incidió en el tema colonial. Parece que a la tendencia toskista del partido le preocupa mucho saber por qué el dominio de varias potencias imperiales se había sustituido por capitalistas Estados burocráticos. Es que León Trotski predijo revoluciones ininterrumpidas o permanentes, y no fue así.
– Walter Mignolo. En 2008 tuvo un encuentro con Pablo Iglesias, Jesús Espasadín e Iñigo Errejón: “Compartimos la preocupación por el presente, compartimos nuestra crítica a las formas de vida y deseos regulados por el mercado y controlados por el Estado y las armas, aunque ponemos el acento en distintos aspectos de la matriz colonial de poder”. Tiene su propia definición de descolonizar que no se termina de saber cuál es, ya que es de estos autores que utilizan una terminología absurda y vacía que no quiere decir nada. Así define un aspecto clave de su construcción: “La exterioridad es el afuera en la conceptualización imperial, y la exterioridad del cuerpo marginado, en el cual se genera la doble conciencia, el estar y no estar, el ser y no ser en relación, en el diálogo conflictivo en el discurso imperial que asigna sentido y discurso descolonizador que re-articula y re-orienta. Pues ese es el lugar donde comienza a germinar la opción descolonial (epistémica, política y éticamente)”.
Hasta aquí los ejemplos de autores que inspiran la reforma propuesta.
Que nosotros sepamos en el proyecto de nueva museografía del Museo de América, solo hay autores pertenecientes a este espectro. Un espectro que no es que sea genéricamente de izquierdas. Empieza en el comunismo y termina en los movimientos revolucionarios que lindan con el terrorismo.
Hay que reparar en la importancia práctica que tiene todo esto. No es que estas doctrinas sirvan para estudiar alguna pieza suelta o algo así. Son decisivas. Por ejemplo (página 7, punto 5, perspectiva decolonial y antirracista), “Se incorporan en el relato del nuevo museo, para estructurarlo, tanto la colonialidad del ser, como la del saber, la del poder y la colonialidad global”. Estas “colonialidades” son creaciones de los pensadores citados. Es decir, las ideas de los autores de la izquierda dura no son puramente filosóficas. Entran en el museo, lo organizan, y se transmiten a los visitantes.
Un caso especialmente relevante es el de Aníbal Quijano, algunas de cuyas ideas -en especial la colonialidad del poder- se aceptan de forma explícita y particularmente destacada en la nueva museografía. Que el Museo de América ponga en un lugar central para estructurar su exposición a un autor marxista que propugnaba la “revolución socialista” no deja de ser algo que parece poco conveniente.
Se podrá decir que la nueva museografía utiliza las ideas de los autores muy conocidos en la antropología. El Museo pecaría, paradójicamente, de conservadurismo, ya que se va a lo más asentado. Pero el Museo de América no es un museo antropológico, y menos de una escuela antropológica que esté más o menos difundida en la especialidad. Se dice una y otra vez que los museos deben ser pluridisciplinares. Y parece entrar en el reino de lo evidente que el Museo de América no puede olvidar (por lo menos) la historia, y mucho menos si adopta un relato colonialista que, por definición, es un relato histórico.
2.- La participación.
Pese a todo, hay que reconocer que hacer una museografía de izquierda dura es humanamente comprensible. Si se le pide a un jesuita que haga la museografía del Museo de América todo el mundo sabe el tipo de discurso que cabría esperar. Uno, lógicamente, tiende a mostrar aquello en lo que cree. Y entra dentro de lo comprensible que el equipo de Sumar haga el tipo de relato museográfico que es propio de Sumar.
Precisamente por eso es fundamental la participación. Es esencial abrir las ventanas para que entre un nuevo aire. Eso es lo que permite darse cuenta de que nuestra perspectiva no es la única.
Y la falta de participación es precisamente la crítica fundamental que se puede hacer al proyecto museográfico. Se ha elaborado una museografía de partido. No se ha pedido la opinión de nadie. La propuesta es la de un grupo que tiene una ideología determinada.
La justicia obliga a decir que esto no es en absoluto habitual en el Museo de América. Su newsletter mensual muestra un museo activo, inquieto, siempre proponiendo cosas. No es un museo ni sectario ni fanático. Organiza exposiciones y actividades que son interesantes para todo el mundo. Siempre puede haber algún acto más cómodo para unas sensibilidades más incómodo para otras, como por otra parte es lógico. Pero en general es un museo bien gestionado que hace lo que tiene que hacer.
La justicia también parece obligar a decir que en todo esto ha habido un acierto: suscitar la cuestión de la museografía del Museo de América. Aunque sea, lo que no deja de ser una opción, para dejarla como está. Ante el debate internacional sobre el colonialismo y sus consecuencias, es perfectamente legítimo mantener que España no tuvo colonias en América, cosa que sostienen muchas personas con sólidos argumentos. Entre otros, el comparativo. Si el Virreinato de Nueva España era una colonia también lo era el Virreinato de Nápoles y otras posesiones españolas en el extranjero, con las consecuencias que eso tiene. Si tenemos que descolonizar en el Museo de América, también lo tendríamos que hacer en el Prado y en unos cuantos más.
El error ha sido comunicar una decisión acabada en vez de abrir un debate. Un debate amplio que afecta a la propia idea de descolonizar, que el Museo da por supuesta tal vez demasiado rápidamente. No está nada claro que lo sucedido en América sea lo mismo que lo acaecido en Africa en el siglo XIX, que es lo que solemos entender por colonialismo. Y, tal vez, estamos importando un debate que aquí no tiene sentido. Acaso vestimos una moda que no es la nuestra. Pero en todo caso lo importante es el debate. Pues en vez de un debate tenemos una museografía marxista que trata de imponerse sin discusión alguna.
Desde luego, no es aceptable que en la museografía del Museo de América se tenga en cuenta a Aníbal Quijano, pero no a la Real Academia de la Historia de España, por ejemplo. El mejor estudio sobre el tesoro de los Quimbaya, que para algunos podría ser ejemplo de colonización, es el que ha hecho la Academia Colombiana de la Historia. Pues la opinión del mejor experto sobre una de las piezas más importantes del Museo no se tiene en cuenta en la reformulación de su museografía.
3.- La alternativa.
La falta de participación es muy difícil de entender. Nos gastamos millones, pero millones, en instituciones que investigan. Y luego, para hacer algo concreto y práctico que afecta a cientos de miles de personas como es una museografía, no se les pide opinión. Es al margen de que no hay documento en el que no se proclame y se reitere que el museo está abierto a todos, que es un espacio participativo y de diálogo. Menos si se trata de hacer la museografía, parece que habría que añadir.
Tal vez sea porque, como hemos apuntado, se sabe que hay voces que van a decir lo que no se quiere oír: España nunca tuvo colonias en América. Parece que el criterio político que se adopta como punto de partida es que sí hubo colonias y por tanto hay que descolonizar. Parece no desearse que encima de la mesa se pongan leyes y pruebas que puedan demostrar lo contrario. Mi verdad, la necesidad de descolonizar, es la verdad y hago una museografía a su servicio.
No creo que el planteamiento tenga mucho recorrido. Una museografía de partido puede, y hasta probablemente debe, ser revocada por el siguiente grupo que ocupe el Ministerio de Cultura precisamente por eso, por ser una museografía partidista. Pero incluso aunque las inercias retrasen el cambio, el debate va a surgir -está surgiendo ya- en cuanta reflexión se haga a partir de ahora sobre el Museo. Y desde luego la museografía por el hecho de estar instalada no va a evitar que haya voces que digan que lo que se relata no es verdad.
Tal vez el nuevo Reglamento de Museos, actualmente en tramitación, debería establecer expresamente que los procesos de renovación museográfica deben ser públicos y participativos. Mientras tanto, la museografía del de América podría anticipar este criterio. E incluso podría ir más allá, haciendo algo hasta ahora inexplorado: publicar las opiniones vertidas en el proceso participativo, al menos las que así lo soliciten y las participativas. Porque ahora cuando algo se somete a consulta la web del Ministerio informa de este hecho, pero no de sus resultados. Se nos dice que hay una propuesta para cambiar tal cosa y que se pueden mandar opiniones. Pero se mantiene el silencio sobre las que se envían. El único que las conoce es el Ministerio.
Creo que nadie dudará acerca del hecho de que sería magnífico un debate público sobre el enfoque museográfico de la exposición americana y sobre la existente o inexistente colonización. Ya tenemos un punto de partida, un documento base, que es el que se ha elaborado y presentado. Ese documento puede someterse a información pública y ser enviado expresamente a algunas instituciones particularmente relevantes invitándoles a participar, entre ellas las Academias de Historia de España y América. Y luego las opiniones se publican. Eso nos daría una perspectiva completa de las diferentes concepciones que pueden tenerse acerca de lo que sucedió en América y cuál es la museografía adecuada para explicar esa realidad.
En definitiva, la museografía del Museo de América no puede construirse desde una sola ideología ni silenciando voces relevantes. Un museo nacional exige pluralidad, transparencia y participación institucional abierta. La mejor forma de honrar la complejidad del pasado y la diversidad del presente no es imponer una narrativa, sino abrir un debate riguroso, con las mejores fuentes, las distintas sensibilidades y el máximo respeto por la verdad histórica. Solo así un museo podrá cumplir su función: no adoctrinar, sino iluminar.




