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El Louvre busca director/a de Escultura
Se suponía que Sophie Jugie, directora de Escultura del Louvre, iba a ser renovada en su puesto hasta su jubilación, prevista para dentro de dos años. Pero, para sorpresa general, el 5 de enero se anunciaba que no, que Jugie no seguía en su puesto.
Eso a pesar de sus aparentemente excelentes cualidades. En un gesto absolutamente inhabitual, todos los trabajadores del departamento de Escultura firmaban el 7 de enero una carta de apoyo a su directora. Entre otras cosas afirman: “Sophie Jugie ha dirigido el departamento durante una docena de años para gran satisfacción de su equipo y socios, gracias a sus notables habilidades científicas y museográficas, así como a su extrema atención a las relaciones humanas y a los temas de gestión. No entendemos las razones que podrían haber motivado tal decisión, cuando a menudo ha señalado los resultados positivos del trabajo del departamento (uso del presupuesto, tasa de inventario, excelente mantenimiento de las salas, éxito de las exposiciones celebradas, diversidad de publicaciones, adquisiciones notables, restauraciones espectaculares, como el Arco del Carrusel o la puerta del Palacio Sganga, generosidad de préstamos, como en el caso de ‘gótico’)”.
Este hecho ha producido que el Museo del Louvre busque nuevo director/a de Escultura. A veces la clave de las cosas se encuentra en lugares insospechados. En la rutinaria y burocrática oferta de trabajo que publica su web, el Museo el Louvre nos da claves esenciales acerca de lo que está pasando.
¿Qué se espera que haga la nueva dirección?
“En línea con el proyecto Louvre Nouvelle Renaissance, los retos para el Departamento de Escultura se centran en la definición de una nueva estrategia para la presentación de las colecciones, que se centrará especialmente en:
– el rediseño del itinerario que tiene como objetivo ofrecer una lectura más transversal de las colecciones mediante la asociación de las distintas escuelas nacionales,
– una asociación de colecciones de escultura con las pertenecientes a otros departamentos para ofrecer una visión cruzada sobre la historia del arte y sobre temas específicos,
– el fortalecimiento de acciones de mediación de todo tipo para compartir mejor las colecciones del departamento con el público”.
Esto implica una revolución completa de la museografía del área de escultura.
El Louvre fue creado, en buena medida, para explicar qué es una nación. Ahora expresiones como “Francia” o “España” nos parecen perfectamente normales, pero en el siglo XVIII no era así. En el siglo XVIII todavía no se es “español” o “francés”. Hay un rey que es el que manda. Se obedece a una persona, no a un Estado. Los revolucionarios franceses de finales del siglo XVIII han terminado con eso, ya no hay rey, han instaurado una República. Pero tienen que explicar eso a gente para la que las nuevas ideas son totalmente desconocidas. Y para hacer entender que ahora hay una nación francesa organizada en un Estado que organiza la convivencia, surgen instituciones como el Louvre.
Por eso todavía hoy el criterio expositivo básico del Museo es el nacional. Las galerías muestran pintura francesa, italiana o española. La nación es el criterio fundamental que está detrás de la exposición. Solo cuando ha habido una reforma reciente el planteamiento cambia. Esto ha sucedido por ejemplo en el caso de la Galería de los Cinco Continentes, inaugurada en diciembre de 2025, que expone las piezas con criterios temáticos y transversales.
La nueva dirección de Escultura tiene que liderar un cambio histórico. Tiene que redefinir la museografía, rediseñando el itinerario y asociando las colecciones de escultura con las pertenecientes a otros departamentos. Debe ser capaz de implantar el proyecto Louvre Nuevo Renacimiento, un proyecto que no está definido a nivel práctico. Nadie sabe todavía qué tendrá a su lado en unos años las esculturas que ahora se muestran agrupadas por las naciones que las generaron. Esa definición es, precisamente, lo que se espera que contribuya a hacer quien lleve las riendas del departamento de Escultura.
No sorprende entonces que una de las actividades de la dirección -actividad nueva, claro está-, es la “Gestión estratégica del departamento”, que consiste en definir y gestionar el proyecto de departamento compartido, y liderar el trabajo colectivo del departamento y su cooperación con otros departamentos de conservación y departamentos transversales. Además de esto se espera que la dirección gestione las actividades tradicionales del departamento: conservación de la colección, difusión… Pero, significativamente, la primera actividad que abre el listado de las tareas de la nueva dirección es la gestión estratégica del departamento.
Probablemente por eso no sigue Sophie Jugie. Probablemente nadie como ella llevaría el inventario de obras, la política de préstamo y depósito, o la política de mantenimiento y restauración de la colección, por ejemplo. Pero es que ahora eso no es lo prioritario. Es importante, sí, claro, desde luego. Sin embargo, los tiempos no son los de una especialista en escultura pura. Son los tiempos de la estrategia, de nuevos enfoques.
Lo cual se plasma claramente la candidatura buscada por el Louvre. El perfil deseado de la nueva dirección, dice el Museo, es:
– Reconocida experiencia en el campo de la escultura, especialmente por las colecciones que posee el Museo del Louvre;
– Capacidad para elaborar una estrategia, gestionar proyectos y coordinar actividades;
– Capacidad para supervisar y liderar un equipo;
– Dominio de las normativas y procedimientos relativos a fondos y colecciones en el ámbito patrimonial (conservación, adquisiciones, etc.);
– Conocimiento del entorno administrativo, legal y financiero (normativas, procedimientos, contactos, etc.) del Museo del Louvre y del Ministerio de Cultura.
El perfil que se espera del futuro director/a de Escultura es así plenamente coherente con esa idea de planificación estratégica en el marco del proyecto Louvre Nuevo Renacimiento. La capacidad de diseñar el futuro es esencial. Pero el detalle nos dice algo importante: también cuenta la capacidad de implantar ese futuro. Se espera que la persona que lleve la dirección sepa… mucho Derecho y mucho sobre el “papeleo”, sobre procedimientos administrativos y gestión burocrática.
Estos requisitos no dejan de ser sorprendentes por su novedad. Normalmente se incide en otros aspectos. En nuestro Reina Sofía, por ejemplo, para cubrir el puesto de dirección, además de los tradicionales méritos en gestión artística y conocimiento del arte, se ha valorado la innovación, la digitalización, la sostenibilidad y la conexión con las agendas internacionales. Así, el perfil directivo esperado debía combinar la excelencia en la conservación y difusión del patrimonio artístico con habilidades para afrontar los desafíos contemporáneos (tecnológicos, sociales y medioambientales) en el ámbito museístico.
Frente a esto, en el Louvre constituye un mérito el expediente, el oficio o la certificación. Lo cual tiene más lógica de la que parece. La nueva dirección no hereda una colección de escultura que se va a quedar donde está y como está. Es una colección que hay que mover e integrar con otras colecciones. Y esto, en el ámbito público, se hace con su propio lenguaje, un lenguaje que hay que dominar. Lo público está plagado de condicionantes, de normas específicas que dicen cómo se hacen o no se hacen las cosas. Los temas nunca se resuelven solo con un teléfono y un correo, como puede pasar en el sector privado. Todo lleva un expediente, un contrato con reglas concretas de tramitación, o… Lo público tiene su propia liturgia. Y si tienes que reubicar una colección o coordinarte con otras instituciones y órganos públicos, es fundamental dominarla.
Cosa que, por cierto, muy frecuentemente se olvida entre nosotros. Los aspectos legales y administrativos suelen ser infravalorados, y eso cuando se tienen en cuenta. Sin embargo, como muestra el Louvre, son absolutamente esenciales para llevar a buen puerto las mejores iniciativas, que sin ellos pueden ser simplemente aire.
En definitiva, la reestructuración del Departamento de Escultura del Louvre ilustra de forma elocuente cómo el perfil profesional en el Museo se ha desplazado del especialista clásico hacia el estratega institucional. No basta con saber de arte: hay que saber transformar estructuras, coordinar con otros y moverse en la complejidad de lo público para definir una nueva museografía. La dirección de un museo ya no se mide solo por el conocimiento de una colección, sino por la capacidad de redefinirla, articularla y sostenerla administrativamente en un nuevo marco cultural y político.
¿Se quedará el nuevo perfil profesional dentro de una coyuntura, de la necesidad de implantar el proyecto Nuevo Renacimiento, o saldrá de los muros del Louvre espacial y temporalmente para definir un nuevo estándar en la dirección museística? Como tantas otras veces, solo el tiempo lo dirá.
Nueva museografía del Museo de América: una opinión
1.- Las fuentes.
El proyecto de renovación museográfica del Museo de América tiene la honestidad de detallar los autores se inspira. Las propuestas que se adoptan se apoyan en una bibliografía que se hace explícita en el propio documento. Fijémonos, a título de ejemplo, en cuatro autores cuyas obras tienen peso, y en algunos casos mucho, en la nueva museografía.
– Aníbal Quijano. Sociólogo marxista. Quijano se comprometió con diferentes frentes de lucha contra el gobierno militar. Cofundador del Movimiento Revolucionario Socialista. También cofundador de la revista «Sociedad y Política», de la que Quijano fue director desde el primer número (1972) hasta el último (1983). La revista se declaró marxista, socialista y revolucionaria, sin vinculación a un grupo político específico y abierta a la participación de toda la izquierda revolucionaria peruana. Parece que también dirigió la revista “Revolución Socialista”, en la que se publicaba artículos anónimos: es de imaginar lo que dirían cuando no se firmaban.
– Daiana Nascimento dos Santos. Miembro del Partido Comunista de Brasil. Llegó a afirmar con orgullo que, a ojos de sus detractores, es una “tríplice desgraça” (triple desgracia) “por ser preta, por ser comunista e por ser sapatão”, es decir, negra, comunista y lesbiana.
– Donna Haraway. Es conocida por el ensayo «Manifiesto para cíborg: ciencia, tecnología y feminismo socialista en los años 1980». Para que no hubiera dudas, lo publicó en “Socialist Review”, la revista del Partido Socialista de los Trabajadores de Gran Bretaña. Partido que por cierto incidió en el tema colonial. Parece que a la tendencia toskista del partido le preocupa mucho saber por qué el dominio de varias potencias imperiales se había sustituido por capitalistas Estados burocráticos. Es que León Trotski predijo revoluciones ininterrumpidas o permanentes, y no fue así.
– Walter Mignolo. En 2008 tuvo un encuentro con Pablo Iglesias, Jesús Espasadín e Iñigo Errejón: “Compartimos la preocupación por el presente, compartimos nuestra crítica a las formas de vida y deseos regulados por el mercado y controlados por el Estado y las armas, aunque ponemos el acento en distintos aspectos de la matriz colonial de poder”. Tiene su propia definición de descolonizar que no se termina de saber cuál es, ya que es de estos autores que utilizan una terminología absurda y vacía que no quiere decir nada. Así define un aspecto clave de su construcción: “La exterioridad es el afuera en la conceptualización imperial, y la exterioridad del cuerpo marginado, en el cual se genera la doble conciencia, el estar y no estar, el ser y no ser en relación, en el diálogo conflictivo en el discurso imperial que asigna sentido y discurso descolonizador que re-articula y re-orienta. Pues ese es el lugar donde comienza a germinar la opción descolonial (epistémica, política y éticamente)”.
Hasta aquí los ejemplos de autores que inspiran la reforma propuesta.
Que nosotros sepamos en el proyecto de nueva museografía del Museo de América, solo hay autores pertenecientes a este espectro. Un espectro que no es que sea genéricamente de izquierdas. Empieza en el comunismo y termina en los movimientos revolucionarios que lindan con el terrorismo.
Hay que reparar en la importancia práctica que tiene todo esto. No es que estas doctrinas sirvan para estudiar alguna pieza suelta o algo así. Son decisivas. Por ejemplo (página 7, punto 5, perspectiva decolonial y antirracista), “Se incorporan en el relato del nuevo museo, para estructurarlo, tanto la colonialidad del ser, como la del saber, la del poder y la colonialidad global”. Estas “colonialidades” son creaciones de los pensadores citados. Es decir, las ideas de los autores de la izquierda dura no son puramente filosóficas. Entran en el museo, lo organizan, y se transmiten a los visitantes.
Un caso especialmente relevante es el de Aníbal Quijano, algunas de cuyas ideas -en especial la colonialidad del poder- se aceptan de forma explícita y particularmente destacada en la nueva museografía. Que el Museo de América ponga en un lugar central para estructurar su exposición a un autor marxista que propugnaba la “revolución socialista” no deja de ser algo que parece poco conveniente.
Se podrá decir que la nueva museografía utiliza las ideas de los autores muy conocidos en la antropología. El Museo pecaría, paradójicamente, de conservadurismo, ya que se va a lo más asentado. Pero el Museo de América no es un museo antropológico, y menos de una escuela antropológica que esté más o menos difundida en la especialidad. Se dice una y otra vez que los museos deben ser pluridisciplinares. Y parece entrar en el reino de lo evidente que el Museo de América no puede olvidar (por lo menos) la historia, y mucho menos si adopta un relato colonialista que, por definición, es un relato histórico.
2.- La participación.
Pese a todo, hay que reconocer que hacer una museografía de izquierda dura es humanamente comprensible. Si se le pide a un jesuita que haga la museografía del Museo de América todo el mundo sabe el tipo de discurso que cabría esperar. Uno, lógicamente, tiende a mostrar aquello en lo que cree. Y entra dentro de lo comprensible que el equipo de Sumar haga el tipo de relato museográfico que es propio de Sumar.
Precisamente por eso es fundamental la participación. Es esencial abrir las ventanas para que entre un nuevo aire. Eso es lo que permite darse cuenta de que nuestra perspectiva no es la única.
Y la falta de participación es precisamente la crítica fundamental que se puede hacer al proyecto museográfico. Se ha elaborado una museografía de partido. No se ha pedido la opinión de nadie. La propuesta es la de un grupo que tiene una ideología determinada.
La justicia obliga a decir que esto no es en absoluto habitual en el Museo de América. Su newsletter mensual muestra un museo activo, inquieto, siempre proponiendo cosas. No es un museo ni sectario ni fanático. Organiza exposiciones y actividades que son interesantes para todo el mundo. Siempre puede haber algún acto más cómodo para unas sensibilidades más incómodo para otras, como por otra parte es lógico. Pero en general es un museo bien gestionado que hace lo que tiene que hacer.
La justicia también parece obligar a decir que en todo esto ha habido un acierto: suscitar la cuestión de la museografía del Museo de América. Aunque sea, lo que no deja de ser una opción, para dejarla como está. Ante el debate internacional sobre el colonialismo y sus consecuencias, es perfectamente legítimo mantener que España no tuvo colonias en América, cosa que sostienen muchas personas con sólidos argumentos. Entre otros, el comparativo. Si el Virreinato de Nueva España era una colonia también lo era el Virreinato de Nápoles y otras posesiones españolas en el extranjero, con las consecuencias que eso tiene. Si tenemos que descolonizar en el Museo de América, también lo tendríamos que hacer en el Prado y en unos cuantos más.
El error ha sido comunicar una decisión acabada en vez de abrir un debate. Un debate amplio que afecta a la propia idea de descolonizar, que el Museo da por supuesta tal vez demasiado rápidamente. No está nada claro que lo sucedido en América sea lo mismo que lo acaecido en Africa en el siglo XIX, que es lo que solemos entender por colonialismo. Y, tal vez, estamos importando un debate que aquí no tiene sentido. Acaso vestimos una moda que no es la nuestra. Pero en todo caso lo importante es el debate. Pues en vez de un debate tenemos una museografía marxista que trata de imponerse sin discusión alguna.
Desde luego, no es aceptable que en la museografía del Museo de América se tenga en cuenta a Aníbal Quijano, pero no a la Real Academia de la Historia de España, por ejemplo. El mejor estudio sobre el tesoro de los Quimbaya, que para algunos podría ser ejemplo de colonización, es el que ha hecho la Academia Colombiana de la Historia. Pues la opinión del mejor experto sobre una de las piezas más importantes del Museo no se tiene en cuenta en la reformulación de su museografía.
3.- La alternativa.
La falta de participación es muy difícil de entender. Nos gastamos millones, pero millones, en instituciones que investigan. Y luego, para hacer algo concreto y práctico que afecta a cientos de miles de personas como es una museografía, no se les pide opinión. Es al margen de que no hay documento en el que no se proclame y se reitere que el museo está abierto a todos, que es un espacio participativo y de diálogo. Menos si se trata de hacer la museografía, parece que habría que añadir.
Tal vez sea porque, como hemos apuntado, se sabe que hay voces que van a decir lo que no se quiere oír: España nunca tuvo colonias en América. Parece que el criterio político que se adopta como punto de partida es que sí hubo colonias y por tanto hay que descolonizar. Parece no desearse que encima de la mesa se pongan leyes y pruebas que puedan demostrar lo contrario. Mi verdad, la necesidad de descolonizar, es la verdad y hago una museografía a su servicio.
No creo que el planteamiento tenga mucho recorrido. Una museografía de partido puede, y hasta probablemente debe, ser revocada por el siguiente grupo que ocupe el Ministerio de Cultura precisamente por eso, por ser una museografía partidista. Pero incluso aunque las inercias retrasen el cambio, el debate va a surgir -está surgiendo ya- en cuanta reflexión se haga a partir de ahora sobre el Museo. Y desde luego la museografía por el hecho de estar instalada no va a evitar que haya voces que digan que lo que se relata no es verdad.
Tal vez el nuevo Reglamento de Museos, actualmente en tramitación, debería establecer expresamente que los procesos de renovación museográfica deben ser públicos y participativos. Mientras tanto, la museografía del de América podría anticipar este criterio. E incluso podría ir más allá, haciendo algo hasta ahora inexplorado: publicar las opiniones vertidas en el proceso participativo, al menos las que así lo soliciten y las participativas. Porque ahora cuando algo se somete a consulta la web del Ministerio informa de este hecho, pero no de sus resultados. Se nos dice que hay una propuesta para cambiar tal cosa y que se pueden mandar opiniones. Pero se mantiene el silencio sobre las que se envían. El único que las conoce es el Ministerio.
Creo que nadie dudará acerca del hecho de que sería magnífico un debate público sobre el enfoque museográfico de la exposición americana y sobre la existente o inexistente colonización. Ya tenemos un punto de partida, un documento base, que es el que se ha elaborado y presentado. Ese documento puede someterse a información pública y ser enviado expresamente a algunas instituciones particularmente relevantes invitándoles a participar, entre ellas las Academias de Historia de España y América. Y luego las opiniones se publican. Eso nos daría una perspectiva completa de las diferentes concepciones que pueden tenerse acerca de lo que sucedió en América y cuál es la museografía adecuada para explicar esa realidad.
En definitiva, la museografía del Museo de América no puede construirse desde una sola ideología ni silenciando voces relevantes. Un museo nacional exige pluralidad, transparencia y participación institucional abierta. La mejor forma de honrar la complejidad del pasado y la diversidad del presente no es imponer una narrativa, sino abrir un debate riguroso, con las mejores fuentes, las distintas sensibilidades y el máximo respeto por la verdad histórica. Solo así un museo podrá cumplir su función: no adoctrinar, sino iluminar.




