Es muy difícil para el arte concebir el tipo de un Dios único. Los judíos no lo intentaron nunca; y sólo en una época relativamente muy reciente es cuando los cristianos trataron de representar á Dios bajo la forma de un viejo de barba blanca, concepción falsa bajo el punto de vista religioso, puesto que Dios no envejece.

El Dios único, eterno, absoluto, inmutable, es una concepción puramente filosófica que el arte no puede materializar sino abandonando la idea de belleza para buscar una forma jeroglífica como en los cultos del Oriente. De aquí resulta un tipo suficiente para el sacerdocio que da su explicación á los fieles, pero que para el arte no puede resultar perfectamente representadle.

Decía Fidias que los artistas daban á los dioses la forma humana, porque no conocían otra más bella. Pero los primeros cristianos no podían seguir este ejemplo que habría hecho que su Dios se pareciera á los de los paganos. Había sin embargo que encontrar un emblema: en el principio se simbolizó á Dios Padre por una mano saliendo de las nubes; después el símbolo llegó hasta una cabeza ó un busto, y sólo mucho más tarde fué cuando se le representó bajo la forma de una figura entera. La mano divina está ordinariamente caracterizada por el nimbo crucífero, pero en las pinturas de las catacumbas y en los sarcófagos antiguos no hay nimbo.

Algunas veces Dios Padre toma la forma de Jesucristo. El abate Oudin, en su Manual de Arqueología, dice que, en sus relaciones con el hombre, Dios Padre se ha manifestado muy á menudo, y ciertos actos le son atribuidos á él más especialmente que á las otras dos personas. Históricamente, en el Antiguo Testamento, en la Biblia propiamente dicha, es donde el Padre se manifiesta más fácilmente, mientras que el Hijo se revela en el Evangelio sobre todo, y el Espíritu Santo aparece lo mismo en aquél que en éste. Sin embargo, en iconografía, nada es más frecuente, al menos hasta el siglo XV, que ver al Hijo ocupar el lugar del Padre, creando el mundo él solo, ordenando á Noé la construcción del arca, deteniendo la mano de Abráham y hablando á Moisés. En estos puntos, es fácil reconocer al Hijo en su rostro joven é imberbe, en su traje, ó bien en su nombre escrito por completo, ó en su monograma.

Era tradición entre los griegos figurar á Cristo para expresar hasta los hechos del Antiguo Testamento, y á menudo se le unía la Virgen. El manuscrito de Panselinos enseña de este modo á los monjes del monte Athos cómo deben pintar á Moisés delante de la zarza ardiendo: «Moisés desatándose el calzado; alrededor suyo sus ovejas. Delante de Moisés está la zarza ardiendo: en medio y en lo más alto brillan la Virgen y su Hijo. Cerca de María un ángel mira del lado de Moisés; al otro lado de la zarza se ve también á Moisés en pie con una mano extendida y teniendo en la otra una vara».

En el siglo XV, Dios Padre aparece bajo una forma que no es la del Hijo, pero que reviste un carácter político. Italia lo representa como Papa, Alemania como Emperador, otros países como Rey, y lleva un globo ó un cetro. Algunas veces es también representado como Dios de las batallas: tiene una gran espada, ó hasta un carcaj y flechas. En miniaturas italianas se le ve arrojando á Adán y á Eva del Paraíso y persiguiéndolos con sus flechas, como un Apolo. La grosería de las costumbres en la Edad Media dió vida á representaciones de asombrosa trivialidad.

Una miniatura italiana del siglo XIII nos muestra á un ángel confeccionando un hombre, con arreglo á las indicaciones de Dios, que se contenta con dirigir el trabajo. La Edad Media lo asimilaba todo á sus costumbres, y veía por todas partes al maestro dirigiendo á sus oficiales.

De esta concepción á la del Renacimiento hay mucha distancia. El Creador se convierte entonces en el Anciano, y se distingue por una figura venerable y una gran barba blanca. Crea el mundo él solo y sin ninguna ayuda. En las logias de Rafael, hay una figura soberbia de Dios desvaneciendo el caos. Pero en esta magnífica inspiración, Dios parece luchar contra los elementos, de los cuales triunfa: expresa, pues, la fuerza, pero no la omnipotencia, que no tiene necesidad de luchar porque no tiene más que querer.

Esta omnipotencia serena es la que Rafael trató de expresar, en otra logia, representando á Dios que crea el sol y la luna. El Creador flota en el espacio y, extendiendo los brazos, parece hacer surgir sin esfuerzo los astros en el cielo. Miguel Angel, en la Creación del hombre, representa á Dios llevado por ángeles y tendiendo el brazo hacia Adán, que nace á la luz. Esta figura de Miguel Angel es de un corte verdaderamente sublime. El Creador de Miguel Angel, como el de Rafael, es de una belleza incomparable por el gesto y el poder del movimiento; pero ¿es Dios? ¿es tipo del que se pueda decir: no es un hombre, es más que un hombre? Evidentemente no, porque cuando no está en el aire, cuando está en pie en los cuadros de los mismos artistas, nada lo distingue de Noé ó de cualquiera otro patriarca de barba blanca. Lo que hace comprender que es Dios, es el asunto, no el tipo. Los rasgos son los de un viejo hermoso, pero nada más.

Todos los artistas posteriores á Rafael y á Miguel Angel, han representado á Dios de la misma manera. Se puede, pues, decir que en el arte cristiano la primera persona de la Trinidad ha podido inspirar obras maestras, pero no una forma particular y determinada que la distinga. Por lo demás, aparece muy rara vez sola, y en el arte tiene un papel muy subalterno.

Este Dios inmutable escapa por completo ¿todas las combinaciones del arte, porque no es un carácter, una ley ó una fuerza, sino lo absoluto y lo infinito. No le bastaría la majestad de Júpiter, sino que necesitaría además la fuerza de Hércules, la belleza de Apolo, la elegancia de Baco; y como es imposible representar en un mismo tipo las gracias de la juventud y de la infancia y la gravedad de la vejez, no puede extrañar que la imagen del Padre Eterno no haya encontrado todavía su fórmula.

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