El Espíritu Santo ocupa un lugar muy reducido en la historia del arte. Desde los primeros siglos del cristianismo hasta nuestros días, es representado constantemente bajo la forma de una paloma. Del siglo X al XVI, es unas veces paloma y otras hombre, en los monumentos figurados; y desde esta última época, cesa completamente de ser hombre para volver á tomar su primera forma. Pero hasta cuando toma la figura humana, lo que no sucede más que en las representaciones de la Trinidad, el Espíritu Santo no tiene tipo determinado y se parece, ya al Hijo, ya al Padre. Es esta una forma de la divinidad que pertenece propiamente á la teología, pero no al arte. Añadiremos tan sólo, para la inteligencia de los monumentos, que los siete dones del Espíritu Santo están figurados algunas veces por siete palomas.

La Trinidad no aparece en los monumentos figurados de la Iglesia primitiva; no se la encuentra ni en las catacumbas ni en los sarcófagos más antiguos. La figura de Jesús está algunas veces acompañada de la paloma que representa al Espíritu Santo, ó de la mano simbólica que representa al Padre Eterno; pero estos dos emblemas no están reunidos. Hacia el siglo XI, se ve en las basílicas románicas mosaicos que representan la Trinidad, figurada por la asociación de un cordero, de una paloma y de una mano simbólica.

Algunas miniaturas nos muestran á las tres personas de la Trinidad llevando corona real y vestidas de la misma manera. El Padre y el Hijo tienen el mismo rostro y parecen de la misma edad. Pero en otras encontramos absoluta identidad entre las tres personas. El Hijo se reconoce únicamente en sus llagas. Para expresar la idea de la unidad, el artista colocaba una banda con una inscripción, cogida por las tres personas, ó bien las envolvía en un solo manto.

Algunas veces el Padre y el Hijo, con tiara y absolutamente semejantes, están enlazados por la paloma; otras, el Padre sostiene á su Hijo crucificado, y la paloma sale de la boca del Padre para descender sobre el Hijo.

En el siglo XIII la Trinidad se muestra frecuentemente en los momentos figurados y toma formas muy variadas. Las tres personas aparecen, ya bajo la forma simbólica de la mano, del cordero y de la paloma, ya bajo la forma humana. Otras veces, la Trinidad es expresada por figuras geométricas: tres círculos enlazados, un triángulo equilátero. Algunas también no hay más que un solo cuerpo con tres cabezas, soldadas la una á la otra. Pero la representación de la Trinidad bajo la forma de un monstruo no podía ser admitida en la sociedad moderna. Así en 1628 el Papa Urbano VIII prohibió las representaciones de este género, las anatematizó y ordenó que fueran quemadas las que existían, lo cue explica su rareza actual.

Un mosaico del siglo XIII, en el ábside de San Juan de Letrán, muestra á la paloma cerniéndose sobre la cruz que inunda con sus rayos, por debajo del Padre Eterno, del cual se ve el busto y la cabeza saliendo de las nubes. En este caso, los tres signos que representan á las tres personas de la Trinidad están colocados verticalmente, uno encima de otro. Parece que en Oriente se les representaba uno al lado de otro.

Hemos hablado de Cristo, bajo la forma de un peregrino, y volvemos á encontrarlo de este modo en muy curiosas representaciones de la Trinidad. En el siglo XIV, en que el arle tiende á materializarse, esta peregrinación presenta una serie de asuntos que se encuentra en las miniaturas de la época. El Padre Eterno, con corona real, entrega á su Hijo, personificado en un niño desnudo que lleva el nimbo crucífero, la calabaza y el bordón del peregrino. Luego, Jesús, hecho hombre y con barba, vuelve de su peregrinación y es recibido por su Padre y por el Espíritu Santo (en figura de hombre y no de paloma), que parecen interrogarle sobre su viaje. Las tres personas de la Trinidad están caracterizadas por el nimbo crucífero, que es el rasgo distintivo de Dios, Después Jesús cuelga de un clavo en la pared el bordón y la calabaza que ya no necesita ahora que ha subido al cielo. En otra parte le enseña á su Padre sus llagas sangrientas, como para justificar su conducta.

De todas estas representaciones de la Trinidad, ninguna presenta, como concepción un gran valer artístico. La que expresarla mejor la idea de tres personas en una sería la figura de tres cabezas, pero como forma plástica no es más que un monstruo. Las otras formas de representaciones muestran, es verdad, las tres personas, pero aislándolas, y, por consiguiente, ya no expresan la idea de la unidad divina.

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