Entre los monumentos que decoran las catacumbas, unos se remontan al tiempo de las persecuciones, y otros fueron ejecutados por orden de los papas en la época en que se comenzó a orar ante las tumbas de los mártires. La mayor parte de estas pinturas son emblemas relativos á la nueva fe. Así el pez, considerado como símbolo de Jesucristo, figura en muchos monumentos cristianos de la edad primitiva. Se le ve en las inscripciones, en los sarcófagos, en las piedras grabadas, en la decoración de las fuentes bautismales. Tomando las letras de la palabra pez en griego, Ichthus, se tiene la inicial de las palabras: Jesus-Christus, hijo de Dios Salvador. lchthus, dice San Agustín, es el nombre místico de Cristo, puesto que descendió vivo al abismo de esta vida como á lo profundo de las aguas.

El áncora era un símbolo de la esperanza, la paloma una imagen del alma, la rama de olivo un mensaje de paz.

Agrupando estos signos, dice Rossi, se llegaba á una verdadera escritura misteriosa, que sólo conocían los iniciados. Así, el áncora, unida al pez, significaba la esperanza en el Hijo de Dios, salvador de los hombres; el pez llevando el pan, encerraba el gran secreto de Cristo, dándose él mismo en la Eucaristía; la paloma que vuela con una rama de olivo, designaba el alma del cristiano, muerto en paz, que vuela al cielo. El sentido de este género de composición, bastante transparente en sí mismo, está determinado de la manera más rigurosa por el conjunto de los monumentos, por las inscripciones y por los escritos de, los Padres de los primeros siglos.

Estos emblemas van acompañados de inscripciones que marcan el espíritu del tiempo, y están agrupados frecuentemente con escenas alegóricas. Así el pescador que coge los peces (símbolo del apóstol que pesca los hombres para convertirlos), la vendimia, la siega, el banquete, el pastor, son signos que todos los cristianos comprenden y que están sacados en su mayoría de las parábolas del Evangelio.

Los asuntos del Antiguo Testamento, muy numerosos en las catacumbas, no deben ser tomados en el sentido puramente histórico. Según Rossi, no eran dejados á la libre elección de los artistas, y su significación se salía del hecho histórico para realizarlo y elevarlo á la altura del símbolo. Las historias bíblicas que han dado asuntos de composiciones cien veces repetidas, siempre con arreglo á un mismo tipo, por los pintores y los escultores, forman un ciclo casi invariable sacado del Antiguo y Nuevo Testamento. El sistema simbólico de este ciclo hierático nos es revelado no sólo por la elección y la disposición de los asuntos, sino también por la manera misma de representarlos y por algunos raros monumentos en los que las imágenes están acompañadas de inscripciones.

Según el mismo ilustre arqueólogo, las tumbas abiertas en las catacumbas pertenecen todas á los cristianos, sin mezcla de tumbas paganas. Lo que puede hacer surgir aquí disentimientos con otros sabios, es la frecuencia de los asuntos mitológicos y de las pinturas que, por la forma, el aspecto y los atributos, recuerdan los tipos conocidos del arte antiguo. Todo consiste en una cuestión de interpretación. Así, el alma humana figura á menudo bajo la forma de una joven con alas de mariposa, como Psiquis. Medallas antiguas sobre el diluvio de Decaulión presentan los mismos detalles que el Noé recibiendo el ramo de olivo traído por la paloma. La vendimia, á menudo representada sobre las tumbas paganas, se encuentra también en los monumentos cristianos, con todo el cortejo ordinario de bacos, genios alados, tigres y panteras.

Orfeo atrayendo á las fieras con los acentos de su lira, quiere decir Jesucristo atrayendo á los hombres con su palabra de caridad. El buen pastor llevando sobre sus hombros la oveja extraviada, es una personificación de Jesús según una de sus parábolas; pero la forma que le ha dado el arte está tomada de una figura antigua, el Mercurio Crioforo de Calamis. El buen pastor aparece rodeado de santos y de fieles que figuran habitualmente bajo la forma que los arqueólogos designan con el nombre de Orante, y que es la imagen de una persona en pié que extiende los brazos y alza las manos para orar. Entre estas figuras hay una que es la Orante por excelencia y que acompaña al buen pastor en los monumentos más antiguos: se la considera como una imagen de la Virgen.

A menudo el pastor está rodeado de su rebaño, y el número de sus ovejas tiene siempre una significación: si hay doce son los doce apóstoles. Jesucristo mismo fué representado bajó la forma de un cordero simbólico. Pero pronto la figura del cordero fué aplicada no sólo á Jesucristo sino también á los personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento: el cordero divino te distingue de los apóstoles en que lleva una cruz en la cabeza, porque el uso del nimbo es posterior.

La representación del cordero obtuvo tal boga que estuvo á punto de sustituir á la figura humana. Tanto se inquietó con ello la Iglesia, temiendo que Cristo pareciese á los pueblos un emblema simbólico y no una realidad histórica, que el concilio Quinisexto, celebrado en 692, ordenó representarlo en adelante bajo su figura real, y no bajo la del cordero.

A pesar del deseo que tenían los obispos de sustituir la historia al símbolo, el cordero ha persistido hasta nuestros días como representación de Cristo. Pudo, por lo demás, un concilio de obispos griegos no tener gran influencia sobre la Iglesia latina; pero lo notable es que el cordero haya continuado figurando en las representaciones bizantinas.

La Orante de las catacumbas, siglo III.

Reconócese el cordero apocalíptico en que tiene siete ojos y siete cuernos. Los siete ojos expresan los siete dones del Espíritu Santo, y están ordinariamente colocados en el cuello; los siete cuernos, unas veces colocados en la cabeza y otras en el cuello, como una crin, son el emblema del poder que fortifica el cordero divino.

En la Edad Media, Cristo, representado como cordero, lleva habitualmente el nimbo cruzado, y a su lado hay á menudo una cruz con el estandarte. Las representaciones de este género son muy frecuentes, pero al aproximarse el Renacimiento pierden su aspecto hierático y caen en un naturalismo algunas veces trivial. Los artistas, preocupados cada vez más de la verdad, olvidan la significación simbólica de su obra hasta el punto de representar á menudo el cordero sin nimbo. Se le ve entonces ramonear la hierba del desierto al lado del precursor, ó bien alzarse sobre sus patas traseras para acariciarlo.

Los grandes maestros del Renacimiento consideraron el cordero como un emblema que se complacían en colocar cerca del Niño Jesús en sus sagradas familias, pero jamás lo concibieron como un símbolo que pudiera figurar directamente á Cristo.

Sin embargo, esta figura simbólica ha sido admitida siempre en el cristianismo y todavía hoy se encuentra en nuestras iglesias.

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